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| LORENZO RAMÍREZ JIMÉNEZ |
Comandante de la 6ª Bandera de la Legión
Entre todos los militares que lucharon
en el frente de Aguilar de Campoo durante la guerra civil española,
destaca el capitán Lorenzo Ramírez Jiménez.
Vamos
a hacer un breve repaso a la biografía de este hombre excepcional, por
su especial vinculación con Palencia, y en particular con Aguilar de
Campoo.
Ramírez nació en Soria, en el año 1899, estudió en Palencia y después en la Academia Militar de Toledo.
Con
22 años se alistó en la legión, para combatir en la guerra de
Marruecos, donde derrochando valentía y arrojo supo ganarse el
reconocimiento de sus compañeros y la confianza de los mandos.
En el año 1924, en plena campaña marroquí, el entonces teniente coronel Francisco Franco describía así a Ramírez: “Es un buen oficial, muy valeroso, inteligente y competente”.
Dos años más tarde en 1926, el coronel Millán Astray, fundador de la Legión, se refería a Ramírez en similares términos: “Serio, enérgico, entusiasta y competente”. En la guerra de Marruecos recibió su primera herida de bala.
Con
la llegada de la república el capitán Lorenzo Ramírez fue apartado del
ejército. Durante este periodo de retiro forzoso estuvo viviendo en su
casa de Palencia, junto a su esposa, hasta el comienzo de la Guerra
Civil Española.
El
21 de Julio de 1936 entraba Ramírez en Aguilar de Campoo, con los
voluntarios de Falange, y a los pocos días era nombrado instructor de
milicias.
Pronto
demostró que la fama de héroe que traía era bien merecida. Con los
jóvenes que iba reclutando por los pueblos forjó en Aguilar la Primera
Bandera de Falange de Palencia; un batallón de elite que alcanzaría gran
prestigio durante la contienda.
En
los primeros días de agosto de 1936, al frente de sus falangistas,
arrebató a los revolucionarios las alturas que dominan Barruelo de
Santullán: Cocoto, Sextillón y Cotejón.
Más
de dos meses pasó Ramírez fortificando estas importantes posiciones y
defendiéndolas de los reiterados contraataques, hasta que el enemigo se
resignó y las dio por perdidas.
A
finales de Octubre, en otra arriesgada maniobra por sorpresa, derrotó a
los milicianos que ocupaban el Bernorio y fortificó la cima; aunque en
esta ocasión pagó cara la hazaña, porque resultó herido de bala en ambas
piernas.
Con
estas dos audaces acciones de Ramírez, el frente de Aguilar quedó
estabilizado y en condiciones muy ventajosas para el Ejército Nacional
hasta la ofensiva de Agosto de 1937, que supondría el final del frente
de Santander.
Pero Ramírez no era un hombre resignado a permanecer convaleciente y ocioso en un frente estabilizado y a la defensiva.
Con
las heridas sin curar del todo cruzaba las líneas y realizaba
frecuentes incursiones en territorio enemigo, seguido de una escuadra de
incondicionales conocida con el evocador nombre de “los hijos de la noche”.
Desde
su entrada en Aguilar de Campoo no había dejado de crecer la leyenda de
Ramírez y sus falangistas de disciplina legionaria. En torno a Ramírez
todo era épico. Los falangistas de la Primera
Bandera se impregnaron enseguida del prestigio de su jefe, y empezaron a
ser popularmente conocidos en ambos bandos como “los cojonudos”, otros
dulcificaban el mote y les llamaban los cocotudos, en alusión al Cocoto, la primera posición importante que conquistaron.
A pesar de todo, en la zona de Aguilar había poca guerra para alguien del coraje de Ramírez.
El
día 5 de Abril de 1937 nos dejaba y pasaba a la 6ª Bandera de la
legión. Al mando de esta unidad gloriosa combatió primero en Madrid y
después en Toledo, donde fue herido de nuevo. En esta ocasión una bala
le atravesó la mano, le causó graves lesiones en la cara y le dejó
tuerto.
Una
vez más con las heridas a medio curar, guió a sus legionarios en los
durísimos contraataques que lanzó el Ejército Nacional para contener la
ofensiva republicana en la batalla de Brunete.
Y
con el frente de Brunete estabilizado, otra batalla decisiva; Belchite.
Y de Belchite a la muerte, en la conquista de Lérida, conduciendo a los
legionarios de la 6ª Bandera hacia la victoria.
Una bala era poca cosa para acabar con Ramírez; hizo falta un obús para detener al héroe.
El general Yagüe nos legó un epitafio a la medida de Lorenzo Ramírez:“No compensa la conquista de Lérida la muerte del comandante Ramírez.”
Sus restos descansan en el cementerio de Palencia. Aun no había cumplido los cuarenta años de edad.
Cuando
llegó la noticia del final de Ramírez a Aguilar de Campoo, las
autoridades municipales decidieron dedicar una callejuela a su memoria;
la calle Comandante Lorenzo Ramírez.
En fechas recientes fue retirado el nombre de Ramírez del callejero de la villa. Debemos agradecer esta vileza a la “maestrocracia”.
Desde que se implantó el sistema democrático en España, el Ayuntamiento
de Aguilar de Campoo ha estado dominado por un grupo de profesores de
la enseñanza pública.
Estos
pedagogos, reunidos no sé si en claustro de profesores o en comisión de
gobierno, acordaron, con el voto favorable de todos los partidos
políticos representados en los centros de enseñanza pública de la villa,
cambiar el nombre de Ramírez por el de “La Calleja”. Los pobres
no sabían siquiera como se llamaba la calle antes de la guerra, y por
supuesto que tampoco tenían ni idea de quien era Lorenzo Ramírez.
No
hay nada más miserable que ofender la memoria de aquellos que no se
pueden defender porque están muertos. Más aun cuando se trata de un
héroe como Ramírez, que fue siempre un ejemplo para todos: el primero en
el peligro; el capitán que comía el mismo rancho que sus soldados y
dormía en el suelo como ellos; el hombre que valía por mil, como le
definió su amigo, el capitán Lobo. Tal era el prestigio de Ramírez, que
traspasando su fama el frente de combate, le respetaban incluso los
rojos.
En
fin, ¡qué vergüenza!; los maestros borrando la Historia en lugar de
enseñarla. Qué pena da ver politizada la enseñanza, qué pena ver a
algunos “docentes” ejerciendo de comisarios políticos con los niños,
adoctrinando en lugar de enseñando. En vida de Ramírez ninguno de estos
señoritos arruina ayuntamientos se hubiera atrevido a mirarle a la cara.
Los
políticos españoles me recuerdan mucho al mítico rey Midas de la
antigüedad, pues como él tienen la “virtud” de cambiar la naturaleza de
aquello en lo que ponen las manos. Dice la leyenda que todo lo que
tocaba Midas se convertía en oro, y todo lo que tocan los políticos
españoles lo convierten en mierda.
Hacen
falta muchos siglos y la sangre de muchos héroes como Ramírez para
construir una gran nación como la nuestra; para destruirla, en treinta
años de democracia, vale cualquiera, como está quedando sobradamente
acreditado.
AGUILAR NACIONAL

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